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QUÉDATE EN CASA

 

Quédate en casa. Se responsable. Es una orden fácil ante una amenaza real como es el Covid-19. ¿Pero que sucede cuando no tienes una casa? Posiblemente no lo hayas pensado. La cruz roja si lo ha hecho y así ha llamado a su campaña en este estado de alarma. Activistas, Cruz roja, ayuntamientos y ONGs han presentado soluciones temporales. Los residentes de la calle solo han podido acceder a algunas de ellas.
De la mano de aquellos que cada día salían a proporcionar lo poco que tenían. Intentando protegerlos. Intentando al menos, mantenerlos informados de un mundo que funciona en paralelo a sus vidas. 
Un viejo problema para un “nuevo” mundo. Este mundo nuestro que como una pescadilla que se muerde la cola,es incapaz de avanzar con rotundidad en materias oficiales y humanas. Un mundo donde si no entras en los cánones sociales y económicos que dominan esta sociedad no existes. Existe además otra problemática. Ser mujer y dormir vulnerablemente en la calle. Mala, una joven americana de unos veinte y pocos años o Magdalena, de nacionalidad rumana, viven solas y por separado en la ciudad. Durante el encierro se sintieron más seguras en la noche y como bien sabemos, esto puede ser una pesadilla para el género femenino. Poder descansar y vivir en la calle durante el confinamiento era diferente y lo que más les estremecía era ese silencio del que se había apoderado la ciudad. Podían descansar mejor al haber menos peligros alrededor. Desde el primer día de la fase uno, cuando los bares empiezan a cerrar, volvieron a sentir la misma inseguridad.

Cruz roja ha colaborado con 64 asambleas locales, o centros de acogida de gente sin techo, sólo en la ciudad de Valencia durante este estado de alarma. Han atendido a más de 700 personas por día, proporcionado dos raciones de comida diarias por persona. La asociación Amigos de la calle, junto a la asociación Bocatas, han pasado de salir todos los domingos del año, a hacerlo diariamente hasta que se pasó a la fase 1. Todos los entrevistados coinciden en que desde que se cambió de fase, ya no han recibido tanta ayuda como hasta ese momento había estado ocurriendo. El problema de la epidemia casi se ha solucionado. La vida ha vuelto a su normalidad o a esa falsa normalidad en la que creemos estar.

Se ha dado por controlado el asunto. Nos cuentan desde la OMS a través de sus comunicados en la prensa. Debemos adquirir nuevas costumbres, nuevas maneras de vivir en sociedad, por un nuevo bien común. Muy lícito, muy recomendable. Pero se le vuelve a dar la espalda al mismo colectivo de siempre. Los más vulnerables. Los menos visibles. Ellos aseguran que la vida no les ha cambiado en nada después del estado de alarma. No tenían recursos y siguen sin tenerlos. Seguirán viviendo de la caridad de los demás o de los trabajos en B mal pagados. Su zona de confort seguirá siendo un lugar público en la calle. Ocupado por necesidad, del que pueden ser desalojados sin previo aviso.

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Stay at home. Be responsible. It is an easy order in the face of a real threat such as Covid-19. But what happens when you don’t have a home? You may not have thought about it. The red cross has done so and thus has called its campaign in this state of alarm. Activists, the Red Cross, city councils and NGOs have presented temporary solutions. Street residents have only been able to access some of them. Hand in hand with those who went out every day to provide what little they had. Trying to protect them. Trying at least to keep them informed of a world that works in parallel with their lives. An old problem for a «new» world. This world of ours that, like a whiting that bites its tail, is incapable of advancing firmly in official and human matters. A world where if you don’t enter into the social and economic canons that dominate this society, you don’t exist. There is also another problem. Being a woman and sleeping vulnerable in the street. Mala, a young American in her early twenties or Magdalena, a Romanian national, lives alone and separately in the city. During the confinement they felt safer at night and as we well know, this can be a nightmare for the female gender. Being able to rest and live on the street during confinement was different and what shook them the most was that silence that had taken over the city. They could rest better as there were fewer dangers around. From the first day of phase one, when the bars began to close, they felt the same insecurity again.


Cruz Roja has collaborated with 64 local assemblies, or shelters for homeless people, only in the city of Valencia during this state of alarm. They have cared for more than 700 people per day, providing two daily food rations per person. The Friends of the Street association, together with the Bocatas association, have gone from going out every Sunday of the year, to doing it daily until they went to phase 1. All those interviewed agree that since the phase was changed, they no longer they have received as much help as had been happening up to that time. The problem of the epidemic has almost been solved. Life has returned to its normality or to that false normality in which we believe we are.

The matter has been taken for granted. They tell us from the WHO through their press releases. We must acquire new customs, new ways of living in society, for a new common good. Very legal, highly recommended. But they turn their backs on the same group as always. The most vulnerable. The least visible. They assure that life has not changed at all after the state of alarm. They had no resources and still do not have them. They will continue to live off the charity of others or from poorly paid jobs at B. Your comfort zone will remain a public place on the street. Occupied by necessity, from which they can be evicted without prior notice.

 

 

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